Juan Pablo Lema es un compañero del Centro de Estudiantes de Ingeniería, en Comahue. Tiene 28 años y está cerca de ser Ingeniero Civil. Llegó a Córdoba un día antes que yo; vino a presenciar un congreso técnico sobre mecánica de suelos, presas y esas cosas que de las que yo no entiendo nada.
Antes de venir me preguntó que posibilidad había de hospedarse en el departamento (donde vivo yo), y supuse que no habría problema así que le dije que si. Como saqué el pasaje un día después de lo previsto, terminó hospedandosé en la casa de una amiga.
Igual me acerqué al Salón de Conferencias de Patio Olmos Shopping (que cheta la conferencia, ¿no?), lo encontré y arreglamos juntarnos. El viernes a la noche me llamó y salimos a tomar una cerveza. Fui con Mavi, una amiga. No se impacienten, ya les contaré de ella.
No soy muy amigo de Juan, pero lo quiero y me parece un muy buen tipo. Su história es particular. Hijo único, vivió en Allen hasta hace muy poco y viajaba todos los días a Neuquén, a estudiar. Cuando consiguió trabajo como dibujante en un estudio de arquitectos, decidió mudarse. Luego consiguió con quien y un jueves se lo dijo a sus padres: “Tengo que decirles dos cosas. Primero, conseguí trabajo. Y segundo, me voy a vivir solo”. El viernes a la tarde recibió algún comentario al que con Mavi no tuvimos acceso pero imaginamos, y el sábado ya desarmó sus cosas para esperarme a mi, que fui quien le ayudó con la mudanza.
Llegué esa tarde a Allen. Lo esperé en una esquina de la “calle asfaltada” porque, según él, era difícil llegar a su casa. Me fue a buscar caminando y llegamos. Camioneta marcha atrás y empezamos a cargar cosas. Se lo conté ese viernes personalmente, fue muy especial vivir esa situación como un espectador devenido en otro personaje mas de la escena. Él apurado, un tanto nervioso, como queriendo que la situación acabara de una vez y poder romper esa cadena de tantos años que, se nota, le sigue pesando. La mamá, con la cara triste que suelen poner las madres de hijos únicos cuando “se va el nene” lo perseguía preguntándole –¿ Venís mañana a almorzar ? te hago los fideos caseros que te gustan. Juan no respondía y seguía cargando las pocas cajas de sus pertenencias. – Vení con tu amigo si querés – intentaba mirandome con complicidad.
El papá serio, formal, adusto. Si no hubiese prestado atención a sus ojos brillosos también hubiese dicho frío, pero no. Era un tipo quebrado, pero que no se permitía más que aconsejar “aten bien ese bolso, corre un poco de viento y se puede volar”.
Yo, si se quiere, era el villano de la historia.
Llegamos a Neuquén y ayudé a descargar las cosas en el departamento que queda a una cuadra de la facultad. Me presentó a dos chicas con quien comparte el departamento (ahora me contó que son tres). Tomamos una cerveza, y Juan me agradeció con un abrazo fuerte, como si hubiese hecho algo más que una mudanza.