En este momento, el corazón de un oso pardo
late apenas ocho veces por minuto.
Una pizca de energía que gaste de más
y no podría salir vivo de este invierno.
Pero así, en la extrema quietud
sostiene la existencia.
En unos meses se lo verá como si nada
atrapando salmones en el río.

El oso hiberna porque sabe que no puede
hacerle frente al invierno
(hay humildad e inteligencia en ese acto).
Si pudiéramos trazar límites con tanta destreza
cuando algo se vuelve intransitable:
suspender el deseo, maniobrar el corazón
como un perfecto artefacto
de medición de lo que importa.

El oso un día decide despertar
y sale ávido del vientre de la roca
(y el hambre lo primero que come
es la cabeza del miedo).
Así, como quien vuelve de un sueño,
barrer la nieve caída en las palabras
y decir: ahora, mundo
sabrás que existo.